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15 de mayo de 2010

Le defile des drapeaux - cérémonie d'ouverture de Yom Haatsmaout au Mon...

El idioma hebreo en la cultura Gustavo D. Perednik






Sobre la más singular de las renovaciones idiomáticas

un teclado hebreo

De las seis mil lenguas que habla la humanidad hoy en día, la mayoría desaparecerá en el transcurso de menos de un siglo. Unas mil millones de personas hablan chino, y otras mil millones se dividen en tercios: hindi, español e inglés. La mitad de la población mundial habla en diez idiomas.

Con todo, el criterio de la cantidad de hablantes puede engañar. De acuerdo con él, el idioma hebreo puede aspirar sólo al puesto setenta en el concierto de las lenguas humanas, cuando en realidad su presencia es mucho más notable, y su influencia mucho más amplia de lo que ese rango podría indicar.

Para verificar su presencia, señalemos por ejemplo que de los 270 lenguajes que tienen Wikipedias, el hebreo está entre los treinta más importantes. La versión hebrea exhibe más de 100.000 entradas, y es considerada la segunda por la calidad y profundidad de sus artículos. Es utilizada cotidianamente por casi el 40% de la población de Israel, uno de los porcentajes más altos del mundo.

Una plausible clasificación idiomática en una docena de grandes grupos lingüísticos, albergaría destacados al indoeuropeo y el semítico, que coexistieron durante milenios en bastante proximidad uno del otro, y se nutrieron recíprocamente de términos, como «shabat» y «hediot». Y lo más importante: estas dos familias influyeron como ninguna otra en todas las lenguas occidentales.

El más estudiado es el grupo indoeuropeo, cuyas 150 lenguas se suponen derivadas de un lenguaje prehistórico bastante ignoto, que registra como antecedente al hitita, del pueblo que creó un imperio en el Norte de Anatolia, hoy Turquía. Hoy en día, casi la mitad de la población mundial habla idiomas de este grupo, que abarca a la mayoría de los de Europa y el Sur de Asia.

De la otra rama, la semítica, las únicas lenguas que perviven son el hebreo, el árabe, el etíope y el arameo. Los parientes del más antiguo, el hebreo, han desaparecido: el fenicio, el amonita, el moabita, el edomita, y el ugarítico.

El hebreo tiene su origen en lo que fue Canáan y es Israel, y fue similar al fenicio, el idioma de su vecino del norte y aliado.

El idioma hebreo tiene características muy singulares: es primordialmente un lenguaje de verbos. Tiene menos conjunciones, preposiciones, adverbios y adjetivos que la mayoría de los idiomas modernos; los numerosos son sus sustantivos, que pueden vincularse a sus verbos.

En ese sentido, el noruego Teodor Boman contrastó en sus estudios al hebreo con el griego, para concluir que los verbos hebreos son eminentemente dinámicos, lo que dota a la lengua de una plasticidad y fluir poco comunes.

Un método directo para detectar la influencia del hebreo en la cultura es recorrer la nómina de términos con los que ha provisto a cientos de lenguas, como en el español: aleluya, hosanna, jubileo, golem, leviatán, maná, mesías, pascua, sabático, y muchos otros.

En esa lista, la palabra amén es la usada en el mayor número de idiomas: de los más de mil a los que fue traducida la Biblia, amén se mantuvo invariable en todas las traducciones.

Si rastreamos nombres propios, veremos numerosos de origen hebreo: Jonatán, José, David, Isaac, Jacobo, Sara, Ester, Eva, Raquel, Débora, Rebeca, Lea, etcétera.

En muchos casos, las palabras de la Biblia hebrea fueron adaptadas mediante un ligero cambio, como en los sustantivos alfabeto, querubín, o serafín, y probablemente en los nombres geográficos como Toledo o Bahamas.

Una segunda forma de revisar la influencia hebraica es escudriñar, ya no palabras ni nombres, sino máximas y dichos hebreos que ingresaron en los principales idiomas: Desde el comienzo un pajarito me contó que no hay nada nuevo bajo el sol: no sólo de pan vive el hombre, ni por su espada. Somos guardianes de nuestro hermano y no del becerro de oro. Pongamos la casa en orden con el sudor de nuestra frente. La escritura está en la pared; comer, beber y alegrarnos porque todo tiene su tiempo.

Vaga ese párrafo con una docena de locuciones conocidas en la mayoría de las lenguas, para intuir la presencia del hebreo. Y la lista continúa: hágase la luz, bálsamo de Guilad, torre de marfil, tiempo de curar; jardín del Edén, dedo de Dios, ciudad de refugio, jeremiadas, elegir la vida, zarza ardiente, falso profeta, jaula de los leones, día del juicio, tierra prometida, chivo emisario, ojo por ojo, Matusalén, marca de Caín, viñas de ira, polvo y cenizas, espadas en arados, fruto prohibido, ídolos de pie de barro, caída de los poderosos, amar al prójimo…

Una tercera vía para analizar la influencia hebraica es la historia del alfabeto. El pueblo semita de los fenicios fue en la antigüedad el pueblo marítimo por antonomasia. En sus travesías marítimas, siempre hacia el Oeste, se encontraron primeramente con los griegos, quienes los deslumbraron con su poder, su música, su arte… y su ignorancia de la grafía. Por ello, les enseñaron las 22 letras de su idioma hebraico-fenicio, moldes exactos de las 22 letras del hebreo actual.

Ahora bien: el hebreo es el único idioma que se escribe en bloques de derecha a izquierda, orientación que testimonia su antigüedad, ya que cuando las palabras se graban en piedra es sumamente arduo escribirlas en dirección inversa. Los helenos, por lo tanto, además de tomar del hebreo sonidos que no tenían, procedieron a dar vuelta las letras para facilitar el trazo de izquierda a derecha (que es la dirección recomendable al escribir sobre papiro, para evitar ensuciarse con tinta).

El resultante alfabeto griego (que eventualmente pasó al latín) trastocó las letras hebraicas álef, bet, guimel, en alfa, beta, gama. Así, el alfabeto hebreo-fenicio fue padre de casi todos los demás.

Como las palabras son depósitos culturales, la antigüedad del hebreo implica que hablarlo hoy en día es un poco viajar en el tiempo hacia tres milenios atrás. Es en efecto el único idioma vernáculo basado en una lengua escrita de la antigüedad.

Al revivir el hebreo, Israel ha consumado con éxito un experimento social sin parangón. Como no ocurre en ningún otro pueblo, un niño judío educado puede leer con cierta facilidad textos milenarios.

En realidad, más que revivir se trató de una criogénesis, o renacimiento de un idioma que se había preservado congelado en la liturgia y la lectura bíblica. Sobrevivió, gracias a que fue una parte inseparable de la religión de los judíos; en rigor resulta difícil entender el judaísmo sin saber hebreo.

De las 45.000 palabras del hebreo moderno, 8.000 son bíblicas y 20.000 son talmúdicas. De las 1.000 más necesarias en el habla cotidiana, 800 son bíblicas.

Alefato hebreo (Ramon Manuel Garriga, Elementos de gramatica hebrea, Barcelona 1866)

La semántica y la modernización

Menos directo que el de las palabras, las expresiones y los alfabetos, hay un influjo idiomático más importante: la presencia de la cosmovisión del antiguo hombre hebreo.

El término griego kirios significa meramente «dueño». Pero cuando los traductores de la Biblia lo eligieron para sustituir el tetragrama (el nombre divino) en la Septuaginta, kirios recibió una transfusión semántica hebrea y pasó a implicar un dominio universal. Y así ocurrió luego con el latín, en el que pasó a ser dominus, y la cultura hebrea penetraba inadvertidamente en la de los demás pueblos.

Lo mismo ocurrió con otras voces que eventualmente fueron traducidas a «bendición», «profeta», o «paraíso». Debajo del griego y de sus lenguas derivadas, la carga semántica es parcialmente hebraica. Según Antoine Meillet: «Entre nuestras palabras y frases más comunes, muchas no muestran signos del hebreo, pero sin éste no habrían llegado a nosotros, o habrían tenido un significado bien distinto del que portan».

Desde esta perspectiva, cobra validez la consideración del hebreo como madre de las lenguas por parte de pensadores de todas las épocas, desde medievales como Yehuda Halevi hasta modernos como Moisés Mendelssohn.

Recordemos que Luis de Torres, un judío converso que acompañó a Colón como intérprete en su primer viaje, sabía hebreo y se ha supuesto que en ese idioma pretendía poder comunicarse con los nativos de las tierras a las que arribaran.

A partir del siglo XVI se difundió el estudio del hebreo, también gracias a los estudiosos renacentistas y luego a poetas como John Milton y William Blake. En efecto, el hebreo ocupó un lugar prominente en el movimiento puritano en Inglaterra, especialmente durante el interregno de Oliver Cromwell, cuando el hebraísta John Milton fue designado Secretario de Lenguas Extranjeras.

Ese impulso llegó a América, donde el primer libro publicado fue el salterio hebreo (Bay Psalm Book, 1640), y donde el gobernador William Bradford (uno de los peregrinos del Mayflower, y segundo gobernador de la colonia de Plymouth), era un devote estudiante del hebreo.

John Cotton, uno de los líderes de los primeros puritanos en América, estableció la enseñanza del hebreo en instituciones educativas. Así, cuando en 1636 se fundó en Harvard la primera universidad norteamericana, el hebreo fue obligatorio para todos los estudiantes. Hasta 1817, el discurso de apertura del año de estudios se daba siempre en hebreo. La misma línea siguieron Columbia, Brown, Princeton, Johns Hopkins, Dartmouth y Pennsylvania. En Yale, el presidente Ezra Stiles enseñaba hebreo, y en este idioma está el emblema de la universidad.

William Gifford adujo en su Quarterly Review, que algunos miembros del Congreso norteamericano proponían que el inglés fuese sustituido por el hebreo como idioma nacional (aparentemente había recogido la exageración de un libro de viaje de 1786, del marqués François Jean de Chastellux).

En Francia, el poeta Guy Le Fèvre de la Boderie, hacía derivar «Gallia» (la Francia original) del hebreo «olas», y «París» del hebreo «gloria humana». En Inglaterra fueron más lejos, y se concibió la religión del anglo-israelismo que imaginaba la procedencia hebraica del idioma, y explicaba el término «British» como «hombre del pacto» en hebreo.

En su meteórica revitalización durante los dos últimos siglos, el hebreo debió vencer la rivalidad de idiomas que competían por conquistar el alma judía. Uno fue el ídish, que recibe del hebreo un 15% de su vocabulario, y fuera proclamado "el idioma nacional judío" en el congreso de Czernowitz de 1908.

Un lustro después, los hebraístas respondieron en el Congreso de Viena: la lengua nacional judía es el hebreo, la única con continuidad histórica milenaria.

Otro rival fue el esperanto, cuyo creador, Lazar Ludwig Zámenhof estaba muy familiarizado con el hebreo. Probablemente en éste se basara para dotar de simpleza a su idioma artificial, por ejemplo en la economía lógica de raíces consonánticas, y el uso de prefijos para transformar al verbo en pasivo. Hacia 1880, Zámenhof aspiraba a que el esperanto no sólo fuera un idioma internacional, sino también uno nacional para el pueblo judío.

La verdadera lid del hebreo en su vigoroso renacimiento fue la llamada «batalla de los idiomas» que tuvo lugar en la ciudad de Haifa en 1913. Cuando se fundó allí una academia tecnológica con el permiso de las autoridades otomanas, se empezó eligiendo al alemán como idioma de estudio, con el argumento de que el hebreo aún carecía de suficientes términos técnicos.

Los sionistas, y a la cabeza de ellos el gran renovador del hebreo, Eliezer Ben Yehuda, reivindicaron su hebreo, y lograron por medio de una huelga docente que se desplazara al idioma alemán. En 1914 el hebreo fue irreversiblemente elegido como idioma de instrucción para el naciente «Tejnión».

A los pocos años (1921) fue reconocido como uno de los idiomas oficiales de Palestina, y la lengua se difundió por doquier. Su exitosa transformación en una lengua viva, y el desarrollo de su moderna literatura, han inspirado a defensores de otros idiomas menores.

La antigua derrota de Roma sobre Grecia fue pacífica, absorbiendo gran parte del legado griego en mitología, filosofía y leyes. En contraste, los otros dos rivales romanos fueron vencidos violentamente: el Israel hebreo y la Cartago fenicia, que compartían gran parte de la tradición semítica en su lenguaje, y una pertinaz resistencia al dominio romano.

Además de su religión diferente, los rebeldes hebreos también podían ser asociados por los romanos con el enemigo cartaginés y su lengua púnica. Por ello los romanos, que reconocieron su deuda cultural para con Grecia, se negaron a otorgar crédito alguno a los derrotados judíos y cartagineses. Acaso de esa displicencia deriva una cierta ingratitud de Occidente para con sus raíces hebraicas.


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7 de mayo de 2010

Personajes de nuestra historia



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Golda  Meir, primera ministra de Israel

Golda Meir, primera ministra de Israel

El 3 de mayo de 1898 nacía Golda (גּוֹלְדָה מְאִיר), antes Myerson, y anteriormente Golda Mabovitch en Kiev, Ucrania, que fallecería en Jerusalén, Israel, el 8 de diciembre de 1978, a los 80 años. Fue política, diplomática y la cuarta Primera Ministra de Israel, entre 1969 y 1974. Fue una de las primeras jefas de gobierno del mundo —sólo precedida por Sirimavo Bandaranaike de Sri Lanka e Indira Gandhi de la India—, y la primera de Oriente Medio, seguida sólo por la primera ministra Tansu Çiller de Turquía.

Infancia en Rusia
Golda fue la séptima de los ocho hijos de los Mabovitch, una familia judía tradicionalista —aunque no religiosa— y de condición muy humilde, radicada en Kiev, actual capital de Ucrania y por aquel entonces parte del Imperio ruso. Su niñez supo de penurias y sufrimiento: cinco de sus hermanos mayores murieron de pequeños a causa de la pobreza y las enfermedades; su familia vivió en carne propia los pogromos antisemitas que asolaron a los judíos europeos a principios del siglo XX; en tanto su padre Moshé, un modesto carpintero, debió emigrar a los Estados Unidos en busca de sustento, dejando atrás a la pequeña Golda de 5 años, junto a su madre autoritaria, y a sus hermanas: la pequeña Tsipke, y su hermana mayor, Sheine. Golda admiraba a esta última, que se había afiliado a círculos sionistas socialistas clandestinos, castigados duramente por las autoridades del Zar.

Con el padre lejos y sumidas en la miseria, las cuatro mujeres se marcharon a Pinsk —hoy Bielorrusia— en busca de mejor suerte. El hambre era a veces tal, que las pocas migajas alcanzaban a alimentar sólo a Tsipke. Golda Meir diría años más tarde: «Siempre sentía demasiado frío por fuera, y demasiado vacía por dentro». Cuando a todo ello se sumó el peligro de que las actividades prohibidas de Sheine amenazaran a la integridad de la familia, decidió la madre, en 1906, reunirse con el padre, y la familia emigró a Milwaukee, Wisconsin. Aquellos duros primeros años, fraguaron el carácter de quien recibiera mucho más tarde el apodo de «la mujer de hierro». «Llevo conmigo el complejo de los pogromos, lo reconozco» —dijo— «mi recuerdo más remoto es ver a mi padre tapiando con tablas las entradas de la casa, ante la inminencia de las hordas enardecidas». Según la propia Meir, «si cabe una explicación al rumbo que tomó mi vida, es seguramente mi deseo y determinación que nunca más tuviera un niño judío que vivir semejante experiencia».


Estados Unidos: infancia y adolescencia
Establecida la familia Mabovitch en Milwaukee, no acabaron las vicisitudes para la pequeña de 8 años: su padre apenas ganaba para el sustento de la familia, en tanto su madre había abierto un almacén de barrio, en el que Golda trabajaba para ayudarle desde la más temprana madrugada, por lo que llegaba siempre tarde a la escuela, habiendo llorado durante todo el camino. Sus roces con sus padres, estrictos y conservadores, fueron aumentando con el tiempo, y se hicieron insostenibles cuando su madre se negó terminantemente a que Golda realizara su sueño: estudiar el magisterio en el colegio secundario. En cambio, y como correspondía por aquellas épocas a una moza judía de 14 años, pretendió casarle con un pretendiente mucho mayor que ella; ante lo cual, Golda huyó del hogar sin previo aviso— sólo dejó un recado explicatorio dirigido a sus padres, que reaccionaron de muy mala manera—, para refugiarse en lo de su recientemente casada hermana Sheine, en Denver, Colorado.

Lejos de su hogar, Golda pareció florecer: prosiguió con sus anhelados estudios secundarios, hasta graduarse como maestra; y se integró de lleno en el grupo de jóvenes sionistas socialistas que se reunía a menudo en casa su hermana, y a cuyas entusiastas tertulias nunca faltaba. Uno de aquellos jóvenes, culto e instruido y también emigrado de Ucrania, era Morris Myerson, del que Golda pronto se enamoró. Luego de reñir también con su hermana mayor, tuvo que dejar su casa e irse a vivir con unas amigas, trabajando de costurera para ganarse el sustento. Finalmente, y al cabo de cuatro intensos años lejos de su casa, accedió al pedido de su padre —quien, temeroso por la salud de su madre, le suplicó que volviera—, y regresó, a los 18 años, a casa paterna.


Activista sionista

Ya de vuelta en Milwaukee, Golda encontró a sus padres más holgados económicamente y viviendo en una casa amplia; más compenetrados con la vida comunitaria judía, y habiendo adquirido cierta posición social. Ciertamente, los años consiguieron abrir a los Mabovitch a nuevas ideas: ya no objetaron que su hija estudiara y enseñara. La joven Golda, por primera vez sin necesidades básicas que la agobiaran, pudo abocarse de lleno a lo que le apasionó desde siempre: la docencia, y la actividad siónista. Dentro de este último marco, se afilió al partido político socialista «Po'alei Sión» (del hebreo, "obreros siónistas"); asistió a encuentros con dirigentes sionistas prominentes, como David Ben-Gurión e Isaac Ben-Tsvi; organizó una manifestación en Milwaukee, como acto de repudio a los pogromos antisemitas de la época en Ucrania, en la que fue principal oradora; y fue elegida representante de su ciudad ante el Congreso Judío Estadounidense. A los 19 años, en 1917, logró convencer finalmente a su prometido Meir Myerson de hacer aliyá y emigrar a Palestina, lo que allanó el camino a su boda. La inmigración de ambos se concretó finalmente en 1921, junto a su hermana Sheine y su familia (sus padres les siguieron los pasos, en 1926).


Primeros años en Palestina

Recién llegados a Palestina, a la sazón bajo mandato colonial británico, la pareja Myerson se instaló en un apartamento alquilado en Tel Aviv; y al poco tiempo, pidieron incorporarse como miembros del kibutz Merjavia, al norte del país. La respuesta negativa del kibutz, que temió que la parejita americana era demasiado refinada para las rudas tareas agrícolas, no arredró a Golda, quien no cejó en sus intentos hasta que fueron aceptados. Golda disfrutó de aquellos cuatro años en el kibutz, en los que trabajaron duro, plantando árboles y criando pollos, aun estando lejos de sus aspiraciones de dedicarse a la enseñanza del inglés. No así su esposo Morris, quien pronto se hartó de la vida comunal, las privaciones y las enfermedades. Aquellas épocas fueron el comienzo de la desarmonía conyugal; Morris se negó terminantemente a tener hijos, en tanto no dejaran la comuna.

Finalmente él ganó por cansancio, medándose ambos nuevamente a Tel Aviv, y luego a Jerusalén, en la cual recibieron sendos puestos de trabajo en la constructora Solel Boné, una de las empresas de la organización sindical Histadrut. Allí, Golda Myerson dio a luz a sus dos hijos: Menájem y Sara. Su estancia en Jerusalén, supuso para ella el reencuentro con una vieja conocida: la pobreza. Golda rememoró en su autobiografía esa época de estrechez, en la que lavaba la ropa sucia de todos los niños del jardín de infantes al que enviaba a su hijo mayor, por no tener cómo pagar la mensualidad, como «la más miserable de toda mi vida».


Actividad Pública


El gran cambio en la vida de Golda Myerson, llegaría durante 1928, cuando le fue ofrecido ocupar el cargo de directora de la rama femenina de la Histadrut. Al aceptar el puesto, que supondría numerosos viajes, Golda reconocía también la irreversibilidad de la ruptura conyugal. Se trasladó con sus hijos a un pequeño apartamento en Tel Aviv, en el que la madre durmió por largo tiempo en el sofá de la sala de estar, en tanto el padre venía de visita los fines de semana. Golda y Morris nunca se divorciaron formalmente; él moriría en 1951.

Entre 1932 y 1934, Myerson fue enviada a los Estados Unidos para recaudar fondos para la causa siónista, estancia que aprovechó para tratar a su hija Sara de la grave insuficiencia renal de la que sufría. De vuelta al país, fue elegida delegada del Partido Laborista al ejecutivo del poderoso e influyente gremio sindical Histadrut, cargo que ocupó ininterrumpidamente hasta la creación del Estado en 1948, junto a figuras de la talla de David Ben-Gurión, Moshé Sharet y Berl Katzenelson.

Su historia personal, marcada a menudo por la zozobra y la precariedad, motivó que su quehacer público hiciese hincapié en dos cuestiones principales: los derechos del trabajador —y más aún, de la trabajadora—, y el auxilio a los refugiados. En 1938, como "observadora judía de Palestina" a la conferencia internacional sobre refugiados judíos de Évian-les-Bains, Golda se enfureció con la hipocresía de los países occidentales, que llenaron sus bocas de simpatía por los perseguidos, al tiempo que explicaban que sus países no podrían ofrecerles refugio. De modo similar y por motivos humanitarios, condujo la lucha en contra de las fuertes restricciones a la inmigración judía, impuestas por el Mandato inglés mediante el Libro Blanco de 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Acerca de Ernest Bevin, a la sazón ministro británico de Exteriores y acérrimo opositor a la apertura de las puertas de Palestina a los refugiados de Europa, y de su gobierno, dijo Golda Meir al cabo de los años: «No sé si este hombre era demente, o sólo antisemita, o ambos. Los responsables de la política inglesa nunca podrán perdonarnos el habernos convertido en nación sin su expreso consentimiento. No entendieron que el problema de los judíos de Europa no fue creado con el único propósito de hacer quedar mal al gobierno británico». Cuando, al concluir la guerra, se declaró en huelga de hambre para protestar contra los centros de detención británicos destinados a los sobrevivientes del Holocausto, sintetizó así su pensamiento: «El sionismo no tiene sentido, sino para rescatar a los judíos». Y agregó: «Tenemos la barriga llena contra los ingleses. Pero nuestra principal acusación, es que su Libro Blanco nos convirtió en impotentes, mientras podríamos haber salvado cientos de miles; o aunque más no fuera, decenas de miles; o incluso, ¡un solo judío!».


Camino del Estado Hebreo

Acabada la Segunda Guerra Mundial, se agudizó la tensión entre el movimiento siónista, que exigía la independencia, y las autoridades británicas, a las que la situación en Palestina se les iba de las manos. Intentando dominar la situación, los ingleses llevaron a cabo el sábado 29 de junio de 1946, una vasta operación de allanamientos y arrestos, que incluyó a buena parte de la cúpula judía (conocida como el "Sábado Negro"). Ante el repentino vacío de poder, Golda Myerson se convirtió, entre gallos y medianoche, en jefa del departamento de Estado del comité central de la Agencia Judía, la Sojnut; o lo que es lo mismo: en la mano derecha de David Ben-Gurión —que se libró de la cárcel por encontrarse en Europa—, y virtual canciller del «Estado en camino», en lugar de Moshé Sharet, preso en los calabozos ingleses. Aun luego de la liberación de este último, Myerson conservaría el lugar de influencia que ganó en dicha coyuntura.

En breve, se le encargó —merced a su inglés casi de cuna, cuyo inconfundible acento no perdería hasta su último día— ser principal negociadora con las autoridades inglesas, acerca del plan de Partición de Palestina. Paralelamente, se mantuvo en estrecho contacto con los principales grupos de resistencia judía armada (la "Haganá" y el "Étzel"). Luego de la histórica decisión de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, por la que se creaba un estado judío y otro árabe, y frente al rechazo total de los países árabes al plan, la cúpula siónista comprendió que la guerra era inevitable, y enviaron a Myerson a recaudar donaciones de la comunidad judía norteamericana, para financiar la compra de armamento. Golda, a secas, como ya se le conocía, volvió con un montante de 50 millones de dólares en su bolsillo. De inmediato, partió en delicadísima misión: de incógnito y disfrazada de mujer árabe, cruzó las líneas enemigas, para entrevistarse en Amán, el 12 de mayo de 1948, con el rey Abdullah II de Jordania, para instarle se abstenga de intervenir en la inminente contienda. El rey se mostró evasivo, y Golda Myerson comprendió que la suerte ya estaba echada. Abdullah le pidió que tengan paciencia, y que no se apresuraran a declarar la independencia. A lo que Golda le respondió: «Su Eminencia, nuestro pueblo ha estado esperando por 2000 años. ¿Podría usted llamar a eso 'prisa'?».


El Estado de Israel


Finalmente, y dos días más tarde, el 14 de mayo de 1948, leyó David Ben-Gurión en Tel Aviv el acta de declaración de la Independencia del Estado; en tanto Golda Myerson fue una de sus 25 firmantes, con lágrimas en sus ojos. De inmediato y sin pausa, salió nuevamente de colectas a los Estados Unidos; y allí mismo le fue comunicado acerca de su nombramiento como primera embajadora de Israel ante la Unión Soviética.

El recibimiento que ofreció la comunidad hebrea rusa a la diplomática del reciente estado, fue apoteósico: decenas de miles de judíos moscovitas se acercaron a Myerson, en ocasión de su visita a la Gran Sinagoga de la ciudad, y la llevaron en volandas junto al libro de la Torá. La pasión popular no llegó a confundirla: «Si en aquellos días hubiese uno mandado a Moscú un palo de escoba» — dijo — «diciendo que iba en representación de Israel, hubiese tenido el mismo recibimiento». Alcanzó a cumplir poco menos de un año como embajadora, intentando que las autoridades comunistas suavizaran el trato a la comunidad judía, y que eliminaran las trabas a la inmigración a Israel, sin mucho éxito.

En 1949 resultó electa por su partido, el partido Laborista, a la primera legislatura de la Knéset; y Ben-Gurión la mandó a llamar, para nombrarla ministra de Trabajo y Seguridad Social. En sus siete años en el cargo, a las órdenes de dos Primeros Ministros, demostró una gran eficacia en la construcción del Estado de Bienestar israelí y en la integración laboral y social de las masas de inmigrantes que afluían al país; dejando un sello indeleble hasta el día de hoy en la legislación laboral de avanzada que propició. Con la renuncia de Moshé Sharet al cargo, pasó a ocupar la cartera de Asuntos Exteriores (1956-1966), hebreizando su nombre, por expreso pedido de Ben-Gurión, a Golda Meir. Como segundo canciller del país, desplegó una intensa actividad para lograr el reconocimiento y el apoyo a Israel por parte de los nuevos países independientes que surgían de la descolonización africana. Sus graves problemas de salud, estuvieron a punto de hacerle anunciar por dos veces, en 1965 y 1968, su retirada de la vida política; pero terminó retractándose a instancias de sus compañeros, para evitar que las rivalidades personales entre los líderes socialistas acabaran con la unidad del partido. En 1965 se enfrentó duramente a Ben-Gurión, que abandonó el partido Laborista, quedando Meir como secretaria general del partido. Luego, participó activamente en la reunificación de todas las fuerzas socialistas parlamentarias, en el Partido Laborista Unificado («Ma'araj»).


Primera Ministra


La súbita muerte del primer ministro Levi Eshkol en febrero de 1969, encontró a Golda Meir alejada del gobierno a causa de su dolencia, pero aún miembro de la Knéset. De entre varios candidatos laboristas que se postularon para sucederle, Meir fue sorprendentemente elegida para el cargo como candidato de compromiso. Al poco tiempo se celebraron las elecciones generales para la sexta legislatura de la Knéset, de las que salió respaldada por una holgada representación parlamentaria (56 de 120 escaños). Aun así, prefirió proseguir con el gobierno de coalición nacional, vigente desde la Guerra de los Seis Días, para lo que sumó a su gobierno a Menájem Beguin y a su agrupación de derechas.

De su periodo de gobierno se recuerdan los tristemente famosos ataques terroristas palestinos del año 1972: el secuestro del avión "Sabena" (9 de mayo), célebre porque en su liberación participaron dos jóvenes militares, futuros Primeros Ministros de Israel, Ehud Barak y Benjamín Netanyahu; la masacre del Ejército Rojo Japonés en el aeropuerto internacional (30 de mayo), con un saldo de 25 víctimas; y más que todos, el asesinato de 11 atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich (5 de septiembre). Golda Meir ordenó a los Servicios de Inteligencia israelíes dar alcance a todos los involucrados en la "Masacre de Múnich", en un operativo que dio en llamarse "Cólera Divina", y que ha sido llevado a la gran pantalla de la mano de Steven Spielberg en la película "Munich".

Hacia mediados de 1973, Golda Meir había llegado a un elevado grado de apoyo y consenso en la opinión pública, tanto israelí como internacional; unos como otros la asociaban con la imagen de la yídishe mame (yidis, "madre judía"), con sentido común y sobreprotectora con sus descendientes. Fueron célebres las reuniones de sus más íntimos allegados en la cocina de su residencia oficial, la famosa «cocina de Golda», en la que se decidían los destinos del país. Por otra parte, Golda siempre fue considerada un "halcón" político, renuente a la paz con los árabes, de los que siempre desconfió. En el terreno interno, fue acusada de conservadora y de desatender a los nuevos problemas suscitados en la sociedad israelí, especialmente su particular rechazo a los movimientos de protesta de jóvenes marginados orientales, las Panteras Negras, de quienes dijo en su día: «Ellos no son simpáticos».


La Guerra de Yom Kipur

En 1973, Israel hubo de hacer frente a un nuevo ataque asestado por los países árabes, la llamada Guerra de Yom Kipur, que tomó al gobierno y al país por total sorpresa. Si bien durante los meses previos a la guerra, fluyó abundante información de inteligencia que prevenía sobre los riesgos de un ataque combinado, el Ejército quedó anquilosado en su preconcepto de que una guerra era de "baja probabilidad", ufano todavía de su gran éxito en la Guerra de los Seis Días.

La parsimonia militar, confundió y contagió al Ejecutivo presidido por Golda Meir. Ella misma mantuvo una reunión secreta en Jerusalén con el rey Hussein de Jordania, que vino especialmente a prevenir a Israel de la guerra ya inminente. Pero Golda dudó de sus verdaderas intenciones. Sólo unas horas antes del estallido, la Primera Ministra decidió desoír a sus militares —el ministro de Defensa, Moshé Dayán, y su ministro y ex Comandante en Jefe Jaim Bar-Lev— y ordenó movilizar a las reservas, en una de las decisiones más dramáticas y cardinales de toda la contienda. Aun así, Golda Meir jamás se perdonó su crucial aporte al fiasco: «Deberé vivir hasta el fin de mis días sabiendo algo tan terrible», escribió en su autobiografía.

Si bien Israel rechazó el ataque y respondió con una ofensiva victoriosa contra sus enemigos, que llevó a sus tropas a sólo 100 kilómetros de El Cairo, y que a la postre le permitió mantener todos los territorios ocupados en 1967, la guerra dejó una profunda e indeleble cicatriz en la sociedad israelí. Golda Meir, desacreditada y vapuleada, consiguió ganar las elecciones generales de 1974, y se benefició de las conclusiones de la Comisión Investigadora Agranat, que libró a todos los políticos de culpa y cargo, y endilgó todas las responsabilidades por el letargo israelí al Comandante en Jefe, David Elazar. Pero la opinión pública estuvo en desacuerdo: el informe de la Comisión no hizo sino alimentar una ola de protestas que fue incrementando en todo el país, y que llevó a Meir a presentar su dimisión poco después de su reelección, el 11 de abril de 1974, siendo sustituida por Isaac Rabin al frente del Gobierno y del partido Laborista.

Llevando consigo los resquemores de Yom Kipur, Golda Meir se retiró al kibutz Revivim, en la casa de su hija Sara, en donde pasó sus últimos años, hasta que el cáncer la doblegó. Falleció el 8 de diciembre de 1978; y fue sepultada en el panteón de los «Grandes de la Patria», en el Monte Herzl de Jerusalén.

Golda Meir no fue profeta en su tierra. El mundo judío y la comunidad internacional la recuerdan como una dirigente carismática y singular; una matrona judía visceral, capaz de sintetizar la más compleja de las situaciones en una frase sencilla y proverbial, con acento a yidis. En Israel, en cambio, muchos la recuerdan —especialmente la izquierda— como una mujer terca y obstinada, cuya incapacidad de ver la realidad y su actitud intransigente para con los árabes, devino indefectiblemente en la traumática Guerra de Yom Kipur.

Soy Judío - Aní Yehudí (subtitulado al español) - אני יהודי