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6 de abril de 2013

Pervive la Gran Mentira nazi


¿Cómo ha llegado a crearse esta demente inversión de la realidad, el único país verdaderamente libre y democrático de Oriente Medio visto como la principal amenaza global?

«Si la propaganda árabe anti-israelí y anti-judía recuerda sumamente a la del Tercer Reich, es porque existe un buen motivo». Eso escribió Yoel Fishman, del Jerusalem Center for Public Affairs, en «La gran mentira y la guerra mediática contra Israel», una muestra precisa de investigación histórica.

Fishman comienza observando la situación completamente confundida en la que Israel es percibido como un depredador peligroso mientras defiende su ciudadanía contra el terrorismo, la guerra convencional, y el armamento de destrucción masiva. Una encuesta de 2010, publicada apenas algunos meses antes de la mal llamada «primavera árabe», por ejemplo, concluía que los europeos veían a Israel como «la mayor amenaza» para la paz mundial. ¿Cómo llegó a crearse esa demente inversión de la realidad: el único país verdaderamente libre y democrático de Oriente Medio visto como la principal amenaza global?

La respuesta de Fishman revisita la Primera Guerra Mundial, lo cual no es una sorpresa, puesto que los analistas post-Guerra Fría reconocen cada vez más el grado hasta el que Europa vive aún bajo la sombra de ese desastre, ya sea en su renovada política de apaciguamiento o sus posiciones y hacia su propia cultura.

Allá por entonces, el gobierno británico explotaba por primera vez los avances en los medios de comunicación de masas y la publicidad con el fin de llegar tanto a la población civil del enemigo como a la suya propia población, esperando dar forma a su modo de pensar.

El público de las potencias centrales escuchaba mensajes diseñados para minar el apoyo a sus gobiernos, mientras que el de la Entente era alimentado con informaciones acerca de atrocidades, algunas de ellas falsas. Sobre todo, las autoridades británicas afirmaban que la Alemania Imperial disponía de una «Fábrica de Conversión de Cadáveres» (Kadaververwerkungsanstalt), que practicaba el pillaje de cadáveres de los soldados enemigos muertos con el fin de producir jabón y otros productos. Al concluir la guerra, cuando los británicos supieron la verdad, esas mentiras dejaron un residuo de lo que Fishman llamó «escepticismo, traición y un ánimo de nihilismo de posguerra».

La campaña británica de desinformación tuvo dos implicaciones desastrosas para la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, incitó a que el público de los aliados fuera escéptico con respecto a las atrocidades alemanas contra los judíos, que guardaban un parecido cercano con los horrores imaginarios que habían diseminado los británicos, de modo que las informaciones procedentes de los territorios ocupados por los nazis eran rutinariamente apartadas. Esto explica el motivo de que el General Eisenhower hiciera preparativos de visitas a los campos de exterminio inmediatamente a su liberación, con el fin de ser testigo y documentar su realidad.

En segundo lugar, Hitler observó con admiración el precedente británico en su libro, «Mein Kampf» (1925): «Al principio, las afirmaciones de la propaganda británica eran tan burdas que la gente las juzgó dementes; más tarde, irritaron al pueblo; y al final, fueron creídas». Una década más tarde, esa admiración se tradujo en la «Gran Mentira» nazi que daba un vuelco a la realidad, convirtiendo a los judíos en perseguidores y a los alemanes en víctimas. Una gigantesca maquinaria propagandística fijaba después esas mentiras en la psique de los germanoparlantes, con gran éxito.

La derrota de Alemania desacreditó temporalmente tales métodos de inversión de la realidad. Pero algunos nazis fugados se llevaron sus antiguas ambiciones antisemitas a países que estuvieron o está en situación de guerra con Israel y que intentaron o tratan de intentar exterminar a su población judía. Miles de nazis encontraron asilo en Egipto, con cifras más reducidas alcanzando países de habla árabe, sobre todo Siria.

Fishman examinó en particular el caso de Johann von Leers (1902-1965), uno de los primeros miembros del Partido Nazi, protegido de Goebbels, socio de toda la vida de Himmler, y un defensor público de las políticas genocidas contra los judíos. Su texto de 1942, «El Judaísmo y el Islam como contrarios», elogiaba a los musulmanes por «su servicio eterno» de mantener a los judíos «en un estado de opresión y ansiedad».

Ese Von Leers escapó de Alemania después de 1945 y una década más tarde apareció en Egipto, donde se convertió al Islam y alcanzó el cargo de consejero político del Departamento de Información del presidente Nasser. Allí, recordó Fishman, «patrocinó la publicación de una edición árabe de 'Los protocolos de los Sabios de Sión', reanimó el libelo de sangre, organizó emisiones informativas antisemitas en numerosos lenguajes, educó a neo-nazis de todo el mundo y mantuvo una cálida correspondencia animando a la primera generación de negacionistas del Holocausto».

Tal trabajo de campo demostró su valor tras la histórica victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días en 1967, una derrota humillante tanto para la Unión Soviética como para sus aliados árabes.

La posterior campaña de propaganda soviético-árabe negaba a Israel el derecho a defenderse e invertía la realidad acusándolo constantemente de agresión.

Exactamente como Hitler había analizado en «Mein Kampf», si estas afirmaciones burdamente falsas se juzgaban al principio demenciales, al final eran creídas.

La locura política de hoy, en otras palabras, está vinculada directamente a la de ayer. ¿Se avergonzarán algunos de los anti-sionistas en la actualidad al darse cuenta de que su pensamiento es, al margen de lo reelaborado que esté, una variante de los engaños genocidas adoptados por Hitler, Himmler y Goebbels?

¿Abandonarán entonces esos puntos de vista?
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